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Nina quiere jugar

Mientras su padre cerraba la tapa del contenedor, Silvia notó como una lágrima solitaria caía por su mejilla. Dentro de aquella bolsa iba su muñeca Nina, a la que le faltaba un ojo, pero que siempre había sido su juguete favorito. Papá insistía en que ya era mayor para jugar con muñecas. Silvia no estaba de acuerdo, pero su padre había tomado la decisión. 

Volvieron a casa, y Silvia se metió en la cama desolada. Al día siguiente, Nina estaba mirándola desde su estantería de siempre. Tenía dos ojos. Uno de ellos del mismo color verde de los ojos de su padre.

Cuidado con lo que deseas

Érase una vez una familia al revés. Mamá adora asaltar el armario de los dulces. Siempre lleva alguna mancha de chocolate en la camisa. Papá no quiere irse a dormir si antes no le leo un cuento. Mi hermana mayor pasa el día jugando con sus muñecos inventando historias inverosímiles. Y yo estoy harto. No sé qué ocurrió cuando abrí aquel extraño libro y desee que no me trataran como a un niño pequeño. Ahora el libro ha desaparecido y yo tengo que hacer la cena. Sólo quería irme tarde a dormir.


De mayor quiero ser como tú

- No sé -  murmura Manuela compungida. Juraría que llevaba las gafas en el bolso – aseguraba mientras  volvía a mirar: la cartera, pañuelos, llaves, móvil, unos caramelos y la agenda. Ni rastro de las gafas. Soy gafe - dijo deprimida. Ahora tendré que volver a comprarme otras y graduarlas. Con lo que me gustaban esas… - pensó en voz alta mientras pensaba en lo que diría su marido.

Si se hubiera dado la vuelta en ese instante hubiera visto a una niña bajita con unas gafas de sol que le quedaban grandes. Una niña de manos rápidas que siempre ha querido ser igual que Manuela. 

Los ojos de los niños pueden ver cosas que los adultos no podemos

Y restos de lágrimas en las mejillas delataban su pena. Primero fue Eva, su profesora, la que lo castigó. Él sabía que no podía hurgar en ese cajón pero es que en verdad no estaba hurgando. Marian entonces se burló de él porque lo hicieron salir el último. Luego mamá le echó un rapapolvo porque la señorita lo había castigado. Pero ninguna supo lo que vio, no le creerían. Un duende se había metido en el cajón y lo estaba desordenando todo. Por suerte, él lo asustó. Los mayores dicen que no existen pero él está seguro de que no lo imaginó.

Esa misma noche, alguien desordenó toda su habitación.

Desde la ventana

Desde la habitación de su hermanita se podía ver el jardín. Pero sólo si te subías al taburete podías ver la puerta de la casa de la casa de al lado. A Silvia le gustaba ir allí, subirse al taburete y mirar. Muchas veces vio a papá en esa puerta cuando mamá no estaba en casa. Un día, Silvia le preguntó. Papá lo negó. Entonces Silvia cogió la cámara y justo cuando la vecina le abría la puerta a papá, ella disparó. Cuando mamá empleó la cámara, vio la foto y papá no lo pudo negar más. Ahora hace días que él no está en casa. Ni para dormir.

Últimos minutos

Lleva horas durmiendo en su cunita como un ángel. Tan sólo me quedan unos minutos para ultimar los preparativos. No sé si podré hacerlo antes de que despierte, pero no me queda otra opción. Las cosas no pueden seguir así, esto ha de acabar ya. Corro a mi habitación y saco la navaja que tengo escondida. Me acerco a la cuna. El pequeño lanza un suspiro y se mueve inquieto. Pronto despertará. Es ahora o nunca. Quito la funda de la navaja y cojo un mechón de su pelo. 

La sirenita

Igual que lo hacen las ballenas. Eso pensé cuando la vi en el agua. La primera vez que metí a la niña en la bañera empezó a mover las piernas a la vez como si quisiera salir nadando de allí. Menudos estragos organizaba en mi pequeño cuarto de baño. Siempre tenía que recoger agua del suelo. Mi marido y yo nos dábamos cuenta que adoraba el agua y a sus 4 años la llevamos a la playa. Corrió hacia la orilla para comenzar su movimiento. Al tocar sus pies con el mar, sus piernas reflejaron color azul y tras zambullirse, ya no la vimos más.

¿Colorín colorado?

Y castiga sin postre al gigante. Y también a Pulgarcito. Le quita sus botas al Gato con Botas dejándolo descalzo. Obliga a los enanitos a comer manzanas envenenadas y le da indicaciones equivocadas al Príncipe para que no encuentre a Blancanieves. Hace que el zapatito de cristal sea de la medida de los pies de las hermanastras y deja a Cenicienta encerrada para siempre en un oscuro sótano. Y a Rapunzel le corta su preciosa melena. El niño ríe con malicia:

- ¡Cómo me gustan estos nuevos finales!

Y la pobre maestra no sabe qué cara poner.